jueves, 19 de marzo de 2015

Apunte sobre libro de Daniel

LOS 1290 y 1335 DIAS DE DANIEL 12
Por Alberto Timm


La interpretación de los 1290 y los 1335 días de Dan. 12:11-12 respectivamente como 1290 y 1335 años es antigua, y ya se la encontraba entre los expositores judíos del siglo VIII d.C. Esa interpretación, que se basa en el principio de día por años (Núm. 14:34; Eze. 4:6-7), continuó siendo sostenida por los seguidores de Joaquín de Fiore (1130-1202), como así también por varios otros expositores durante la pre Reforma, la Reforma y la tradición protestante subsiguiente.[1]

Guillermo Miller (1782-1849) creía a su vez que, en primer lugar, tanto los 1290 años como los 1335 comenzaron en el año 508 d.C., cuando Clodoveo, rey de los francos, obtuvo su victoria sobre los visigodos arrianos; paso decisivo en la unión de los poderes políticos y eclesiásticos con la finalidad de castigar a los que el catolicismo medieval consideraba herejes. En segundo lugar, Miller creía que los 1290 años se habían cumplido en 1798, con el encarcelamiento del papa Pío VI por parte de los ejércitos franceses, y finalmente, que los 1335 años se extendían 45 años más, hasta la conclusión de los 2300 años de Dan. 8:14, entre 1843 y 1844.[2]

Los primeros adventistas observadores del Sábado compartieron esta interpretación[3], y llegó a representar la posición histórica de los ASD hasta hoy.[4]

Pero, en estos años recientes, algunos predicadores independientes han comenzado a propagar lo que consideran “nueva luz” acerca de los 1290 y los 1335 días de Daniel 12. Rompiendo con la interpretación adventista tradicional, esas personas alegan que ambos periodos están constituidos por días literales y no por días que representan años, y que se cumplirán en el futuro. Algunos de ellos sugieren que ambos periodos comenzarán con el futuro decreto dominical; que los 1290 días literales son el periodo reservado para que el pueblo de Dios salga de las ciudades; y que, cuando terminen los 1335 días literales, se oirá la voz de Dios que anuncia “el día y la hora” del regreso de Cristo.[5] Por más interesantes que puedan parecer estas hipótesis, existen, por lo menos, cinco razones básicas que nos impiden aceptarlas.


1.- Estas teorías se basan en una lectura parcial y tendenciosa de los escritos de Ellen White.

Uno de los argumentos que se utilizan para justificar el futuro cumplimiento de los 1290 y los 1335 días, es la falsa idea de que Ellen White consideraba errónea la noción de que los 1335 días ya se habían cumplido. Se menciona la carta que ella envió “a la iglesia de la casa del hermano Hastings”, fechada el 7 de Noviembre de 1850, en la que se alude a algunos problemas relacionados con el hermano O. Hewitt, de Dead River. En el texto original de esa carta en inglés, aparece la siguiente declaración: “We told him some of his errors of the past, that the 1335 days were ended and numerous errors of his”.[6]
Esta declaración se puede traducir llanamente así: “Le mencionamos algunos de sus errores del pasado, que los 1335 días han terminado y otros errores de él”. Pero algunos defensores de la nueva teoría profética prefieren sustituir la conjunción “que” (that en inglés) por la expresión “tales como” (such as, en inglés); con lo que se altera la forma y el sentido original del texto. De este modo, intentan conseguir que la declaración diga que, entre los errores sostenidos por el hermano Hewitt, estaba la idea de “que los 1335 días se habían cumplido”.

Si la intención de Ellen White hubiera sido realmente corregir al hermano Hewitt por creer que los 1335 días ya se habían cumplido, ¿por qué persistió esa idea? ¿Por qué se habría limitado ella a corregir, en 1850, en forma parcial y tendenciosa la posición de este hermano, sin dirigir la menor reprensión a los demás líderes del movimiento adventista que también creían que ese periodo profético ya se había cumplido en 1844? ¿Por qué no enfrentó a su propio esposo, James White, por afirmar en la Review and Herald, en 1857, que:
 “los 1335 días terminaron con los 2300 en el Clamor de Medianoche de 1844”?[7]
¿Por qué no lo reprendió por seguir publicando en la misma Review varios artículos de otros autores que presentaban la misma idea?[8]
Aun más, ¿cómo podría haber declarado Ellen White, en 1891, que “nunca más habrá un mensaje para el pueblo de Dios que se base en el tiempo. No hemos de saber el tiempo definido, ya sea del derramamiento del Espíritu Santo o de la venida de Cristo”?[9]

Las evidencias de que Ellen White creía que esos periodos ya se habían cumplido se pueden encontrar, también, en sus declaraciones según las cuales la suerte de Daniel ya estaba echada (Dan. 12:13) desde el comienzo del tiempo del fin.[10] Creemos, por lo tanto, que el Dr. P. Gerard Damsteegt, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Andrews, estaba en lo cierto cuando declaró que “ya en 1850 Ellen White había escrito que los 1335 días se habían cumplido”, sin especificar el momento de ese cumplimiento.[11]


2.- Estas teorías rompen el paralelismo profético literario del libro de Daniel.

Para justificar el supuesto cumplimiento futuro de los 1290 y los 1335 días, los abogados de la “nueva luz” profética alegan, sin ningún fundamento, que el contenido de Dan. 12:5-13, donde aparecen dichos periodos, no forma parte de la cadena profética del libro de Daniel. Pero un análisis más detenido de la estructura literaria del libro desbarata esa teoría.

El Dr. William H. Shea declara que, en el libro de Daniel, cada periodo profético (1260, 1290, 1335 y 2300 días) aparece como un elemento estabilizador del contenido básico de cada una de esas profecías. Por ejemplo, la visión del capítulo 7 se describe en los versículos 1-14; pero el tiempo respectivo solo aparece en el versículo 25. En el capítulo 8, el cuerpo de la visión se presenta en los versículos 1-12; pero el tiempo correspondiente solo está en el versículo 14. del mismo modo, los tiempos proféticos relacionados con la visión del capítulo 11 únicamente se mencionan en el capítulo 12.[12]
Ese paralelismo comprueba que los 1290 y los 1335 días de dan. 12:11-12 comparten la misma naturaleza profético-apocalíptica de las expresiones “tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo” de Dan. 7:25, y las 2300 tardes y mañanas de Dan. 8:14. de modo que si aplicamos el principio de día por año a los periodos de Daniel 7 y 8, también se lo debemos aplicar a los de Daniel 12, porque todos esos periodos están, de alguna forma, relacionados entre sí y la descripción de cada visión solo indica un único cumplimiento parta el periodo profético que le corresponde.

Además de eso, la alusión de Dan. 12:11 al “continuo” y a la “abominación desoladora” relaciona los 1290 días con los 1335 no solo en cuanto al contenido de la visión de Dan. 11:31, sino también con relación a las 2300 tardes y mañanas de Dan. 8:14 (Ver Dan. 8:13; 9:27). El mismo poder apóstata que estableció la “abominación desoladora” en lugar del “continuo” se presenta en Daniel 7 y 8 como el “cuerno pequeño”, y en Daniel 11 como el “rey del Norte”. Por lo tanto, tratar de interpretar algunos periodos proféticos de Daniel (70 semanas, 2300 tardes y mañanas) como días que simbolizan años, y otros (1290 y 1335 días) como meros días literales, no concuerda en absoluto con el paralelismo profético literario del libro de Daniel.


3.- Estas teorías se apoyan en una interpretación no bíblica de la palabra hebrea tamid.

La teoría de que tanto los 1290 como los 1335 días comienzan con un futuro decreto dominical se basa en la suposición de que, en Dan. 12:11 las expresiones “continuo” y “abominación asoladora” significan, respectivamente, sábado y domingo. Esa suposición tampoco tiene base bíblica.

La expresión “continuo” es la traducción de la palabra hebrea tamid, que significa “diario” o “continuo”, a la que en la versión Reina-Valera se le ha añadido la palabra “sacrificio”, que no aparece en el texto original de Dan. 8:13 y 12:11. La palabra tamid se usa en las Escrituras con respecto no solo al sacrificio diario del santuario terrenal (Éxo. 29:38, 42), sino también a varios otros aspectos del ministerio diario de ese templo (Éxo. 25:30; 27:20; 28:29, 38; 30:8; 1º Crón. 16:6). En el libro de Daniel, el término se refiere, obviamente, al constante ministerio sacerdotal de Cristo en el Santuario Celestial (Dan. 8:9-14). Y la expresión “transgresión o abominación asoladora” se refiere al vasto sistema de falsificación de ese ministerio, construido sobre las bases no bíblicas de la inmortalidad natural del alma, la mediación de los santos, el confesionario, el continuo sacrificio de la misa, etc.
No podemos estar de acuerdo con la teoría de que, en Daniel 12, el “continuo” representa el sábado y la “abominación desoladora” el domingo; para creerlo, tendríamos que vaciar esas expresiones del amplio significado que le otorga el mismo contexto bíblico en el que aparecen, como asimismo del consenso general de las Escrituras.


4.- Estas teorías reflejan la interpretación futurista, inventada por los jesuitas de la contrarreforma católica.

Los defensores de la interpretación literal futurista de los 1290 y los 1335 días arguyen que su posición es genuinamente adventista y totalmente avalada por los escritos de Ellen White. Pero, si analizamos un poco más con profundidad el asunto a la luz de la historia, descubriremos que esta postura rechaza el historicismo y el principio de día por año de la tradición protestante, para alinearse abiertamente con el futurismo literalista de la Contrarreforma católica.

Los reformadores protestantes del siglo XVI identificaron al “cuerno pequeño” con el papado como institución, del que surgiría la “abominación desoladora” de la que habla Daniel.[13] Con el propósito de liberar al papado de esas acusaciones, el cardenal italiano Roberto Bellarmino (1542-1621), el más capaz y renombrado de todos los polemistas jesuitas, sugirió que el “cuerno pequeño” era un rey cualquiera, y que los 1260, 1290 y 1335 días eran literales y se cumplirían en los momentos previos al fin del mundo.[14] De esta manera, el papado contemporáneo dejaría de ser el “cuerno pequeño” o el “rey del Norte” y, por consiguiente, no se le podría responsabilizar por la “abominación desoladora”.

Muchos de los defensores contemporáneos de la interpretación futurista de los 1290 y los 1335 días desconocen la relación entre esa perspectiva y el futurismo de la Contrarreforma católica. Pero, aun así, esas personas deberían reconocer, por lo menos, que “esas propuestas futuristas reposan esencialmente sobre una comprensión errónea de los patrones de pensamiento de la poesía hebrea” y que “representan una lectura con ojos occidentales del idioma hebreo”.[15]


5.- Estas teorías no toman en cuenta las advertencias de Ellen White en contra del intento de extender el cumplimiento de cualquier profecía de tiempo más allá de 1844.

Si estas teorías fueran correctas, con la mera proclamación del decreto dominical ya sabríamos de antemano cuándo se cierra la puerta de la gracia y cuándo se produce la segunda venida de Cristo. Es, por consiguiente, una forma sutil y capciosa de fijar fechas para los acontecimientos finales. Por más originales y creativos que parezcan, estos intentos no pasan de ser propuestas especulativas que desconocen o menosprecian, en nombre de Ellen White, sus propias advertencias al respecto.

Ya en 1850 ella escribió: “La cuestión de las fechas ha sido una prueba desde 1844, y nunca volverá a ser una prueba”.[16] Posteriormente, añadió que “nunca más habrá un mensaje para el pueblo de Dios que se base en el tiempo”.
“El Señor me mostró que el mensaje debe avanzar, y que no debe depender del tiempo, pues este no será nunca más una prueba. Dios no nos ha revelado el tiempo en el que terminará este mensaje, o cuándo el tiempo de gracia llegará a su fin”.[17]
“Solo después de que la puerta de la gracia se haya cerrado y poco antes de la segunda venida de Cristo, Dios declarará a los salvos el día y la hora de la venida de Jesús”.[18]
Al comentar, en 1900, la expresión “que el tiempo no sería más” (Apoc. 10:6), la hermana White afirmó: “Este tiempo, el que el ángel declaró con un solemne juramento, no es el fin de la historia del mundo ni del tiempo de gracia, sino del tiempo profético que precederá al advenimiento de nuestro Señor”.[19]

Si esto es así, ¿por qué seguir insistiendo en aplicar al futuro los 1290 y los 1335 días de Daniel 12? Solo Dios puede juzgar el grado de sinceridad de los que lo hacen, pero una cosa es cierta: “La fe en una mentira no ejercerá una influencia santificadora sobre la vida o el carácter. Ningún error puede ser verdad ni puede ser convertido en verdad mediante su repetición, o teniendo la fe en él […] Puedo actuar con perfecta sinceridad al seguir un camino equivocado; pero eso no lo convertirá en un camino correcto, ni me llevará al lugar donde deseo ir”.[20]


Protegidos del engaño.

Es evidente, por lo tanto, que proyectar al futuro el cumplimiento de los 1290 y los 1335 días se basa en una lectura parcial y tendenciosa de los escritos de Ellen White, quiebra el paralelismo profético literario del libro de Daniel, se apoya en una interpretación no bíblica de la palabra hebrea tamid, refleja la interpretación jesuita futurista de la Contrarreforma católica y menosprecia las inspiradas advertencias en contra del intento de extender el cumplimiento de cualquier profecía de tiempo más allá de 1844.En una época en la que los vientos de las falsas doctrinas están arreciando con creciente intensidad (Efe. 4:14) para engañar, “si fuese posible, aun a los escogidos” (Mat. 24:24), solo estaremos seguros si nos cimentamos en la clara e inamovible Palabra de Dios; toda “nueva luz”, para ser verdadera, debe estar en perfecta armonía con el consejo general de las Escrituras y de los escritos inspirados de Ellen White.[21] Los atalayas del pueblo de Dios jamás deberían permitir que las conjeturas y las especulaciones humanas les impidan dar a la trompeta un sonido certero (Eze. 33:1-9; 1 Cor. 14:8)



Referencias:
[1] LeRoy Edwin Froom, The Prophetic Faith of Our Fathers (Washington DC: Review and Herald, 1954), Tomo 4, páginas 205-206.
[2] William Miller, Evidences from the Scripture and History of the Second Coming of Christ about the Year A.D. 1843, and of His Personal Reign of 1000 Years (Brandon, Vermont: Telegraph Office, 1833), página 31; Ibíd., Exhibited in a Course of Lectures, Joshua V. Himes (1842), página 95-104, 296-297; Ibíd., Synopsis of Miller’s Views, Signs of the Times, (20 de Enero de 1843), páginas 146, 149.
[3] P. Gerard Damsteegt, Foundations of the Seventh-day Adventist Message and Mission (Grand Rapids: Eerdmans, 1977), páginas 168-170.
[4] Ver Uriah Smith, Synopsis of the Present Truth, Nº 12, Review and Herald (28 de Enero de 1858); Stephen N. Haskell, The Story of Daniel the Prophet (Berrien Springs, 1903), páginas 263-265; J. N. Loughborough, The Thirteen Hundred and Thirty Five Days, Review and Herald (4 de Abril de 1907), páginas 9-10; Uriah Smith, The Prophecies of Daniel and the Revelation (Washington, D.C.: Review and Herald, 1944), páginas 330-331; George McCready Price, The Greatest of the Prophets: A New Commentary of the Book of Daniel (Mountain View: PPPA, 1955), páginas 337-342; Araceli S. Melo, Testemunhos Históricos das Profecias de Daniel (Río de Janeiro: Laemmert, 1968), páginas 727-729; Francis D. Nichol (editor), The Seventh-day Adventist Bible Commentary (Washington, D.C.: Review and Herald, 1977), Tomo 4, páginas 880-881; Vilmar y González, “Os 1290 e 1335 días em Daniel 12”, Revista Adventista (Septiembre de 1982), páginas 43, 45; Jacques B. Doukhan, Daniel: the Vision of the End (Berrien Springs: 1989), página 135; William H. Shea, “Time Prophecies of Daniel 12 and Revelation 12 and 13”, en Frank Holbrook (editor) Symposium on Revelation – Book 1 (Silver Spring: 1992), páginas 327-360.
[5] Victor Michaelson, Delayed Time-setting Heresies Exposed (AZ: Leaves-of-Autumn, 1989).
[6] Ellen White, Carta H-28, del 7 de Noviembre de 1850.
[7] James White, “The Judgment”, Review and Herald (29 de Enero de 1857).
[8] J. N. Loughborough, “The Hour of His Judgment is Come”, Review and Herald (14 de Febrero de 1854), página 30; Uriah Smith, “Short Interviews With Correspondents”, Ibíd. (24 de Febrero de 1863), página 100; Ibíd. (8 de Septiembre de 1863), página 116.
[9] Ellen White, 1MS:220 (Boise: PPPA, 1966).
[10] Manuscrito 50, 1893; Carta K59, 22 de Noviembre de 1899; Manuscrito 10; Carta B-6, 17 de Enero de 1907.
[11] P. Gerard Damsteegt, Ibíd.., página 169.
[12] William H. Shea, Daniel 7-12: Prophecies of the End Time (Boise: PPPA, 1996), páginas 217-223.
[13] LeRoy Edwin Froom, Ibíd., Tomo 2, páginas 242-263.
[14] Ibíd., páginas 495-502.
[15] Frank D. Holbrook, Symposium on Revelation – Book 1, página 327.
[16] PE:75, 188, 191.
[17] 1MS:220-224.
[18] CS:640.
[19] 7CBA:982.
[20] 1MS:56.
[21] El Otro Poder:33-51.

domingo, 15 de febrero de 2015

Dios es Espíritu




La Reforma empezó en el siglo XIV con Guillermo de Ockham. Con él la razón y la fe delimitaron su función específica de forma independiente y, por tanto, la Biblia podía volver a ser comprendida tal como fue pensada y escrita: desde el punto de vista de un Dios lejano e invisible que es accesible exclusivamente por medio de la Fe. Hasta entonces, la razón escolástica (heredera de Platón y Aristóteles) contaminaba y condicionaba el conocimiento de las cosas de Dios. Sin Ockham no podemos entender a Lutero. Al vindicar la “sola escriptura”, Lutero nos decía que las tradiciones humanas basadas en el pensamiento Grecolatino (cristalizadas en el corpus teológico del romanismo cristiano) habían introducido una grave distorsión en la comprensión de la Palabra de Dios. De todo ello surgió el paradigma moderno (fundamento de las revoluciones liberales del siglo XVIII) según el cual Dios y la Fe quedan restringidos a la intimidad del creyente y por tanto separados de los intereses y avatares de la “res” pública. Esto produjo un efecto que nos lleva a error: la conciencia del creyente en exilio, alienada de la realidad del mundo. Como si Dios no tuviera otra realidad que la encerrada y restringida en los fenómenos de la conciencia y el pensamiento del creyente: ideas, estados del ser, esperanzas, metáforas, etc. Si , como suele decirse, toda la historia de la filosofía es una pequeña nota a pie de los diálogos de Platón, el origen del error está en las fuentes de las que bebió Platón, contaminando así toda la historia de la cultura y el conocimiento en occidente. El origen del error está en el conjunto de especulaciones y ritos paganos que comenzaron en Babilonia y se extendieron hasta la India. Pitágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles bebieron de las filosofías de la India. De allí heredaron el extremo dualismo entre alma y cuerpo, entre el mundo de las Ideas y el mundo visible. En nuestros días, bajo ese mismo prejuicio, el creyente hace una radical distinción entre espíritu y materia, concepción opuesta a lo que enseña la Biblia. En la Biblia cuerpo, alma y espíritu forman parte de un único mundo que, tras expirar, desaparece. “Los muertos nada saben…”. Aceptar la condición mortal del ser humano es requisito imprescindible para entender qué dice el Dios de la Biblia y cómo es su plan de salvación. La salvación no es en “otro mundo”, sino en éste mismo mundo, pero regenerado y gobernado por las leyes del universo, la ley de Dios, una LEY MORAL que destruye el mal para siempre. Cuando nos alejamos, pues, de la correcta comprensión, surge la tendencia a expulsar a Dios de la realidad, y decimos que no es visible o cognoscible para nosotros, ni para la metodología del científico, como una forma de protegerse ante la evidencia científica: a Dios nadie lo ha visto. El plan de Dios descrito en la Biblia enseña que hasta llegado el momento final de la Historia, cuando el soberano de este planeta, Cristo, aparezca en los cielos para premiar a los que han superado la prueba de fe, y destruir a los que han decidido renunciar a su realidad y a su ley como perfecto orden de las cosas, Dios debe permanecer lejano e invisible, porque Dios quiere salvar a aquellos que han interiorizado su ley y conocen la verdad por medio de la fe. Eso es lo que dice la Biblia, escapar de ello, y recurrir a la separación entre espíritu y materia, puede ser síntoma de una gran flaqueza en la fe del creyente. Pero no es fácil librarse de ello, estamos hablando de más de tres mil años de dualismo en nuestra historia cultural.

Hegel, el filósofo idealista romántico, construyó una teodicea secular basándose en la Biblia. Insertó a Platón en el contexto histórico de la revolución francesa y en la modernidad de forma culminante. La historia tiene un propósito y una finalidad, y su guía era la Razón, o lo que el llamaba el espíritu absoluto. Sustituyó al dios bíblico por un concepto panteísta. Vemos cómo ese exilio del sujeto dentro de sí mismo y de los márgenes de su conciencia tiene su origen en Platón. La filosofía de los idealistas alemanes quiso ubicar el origen de la realidad en la actividad del sujeto, de un Yo absoluto, y esta es la base de las tradiciones místicas de origen neoplatónico y gnóstico. Dios se convierte en una “energía”, un estado de conciencia que nos eleva hacia el mundo del “pleroma”. Este es el error de toda la tradición de la cábala y del judaísmo que no quiere aceptar que su Dios es un Dios físico y real, y que además encarnó y vivió en una vida humana. La flaqueza en la fe, el creer que Dios nunca se manisfestará en el mundo físico o, lo que es lo mismo, el no creer en la segunda venida de Jesús, hace que Dios permanezca para siempre en la seguridad de la conciencia íntima, en el mundo de las ideas y las metáforas del Ser, olvidando que ante Dios tendremos que rendir cuentas cara a cara. Éste es el peligro de todas las tradiciones espirituales, y todas se basan en el error de separar a Dios, al verdadero espíritu que es Ley y es Moral, de la materia de la cual Él es origen, sustento, orden, y de la que forma parte igual que nosotros como humanos. No aceptar esto es caer en el maniqueísmo y en la concepción gnóstica. La tradición gnóstica considera que el cuerpo y la materia son creación del mal (Demiurgo). Según la Biblia, tenemos malas tendencias, pero no existe un pecado original que expulsó a Dios del mundo. Recordemos, fue Dios quien expulsó a Adán y Eva del paraíso. Para que se dieran cuenta de cómo funciona el “mecanismo” del mundo cuando prescindimos o negamos las leyes divinas. Y en eso estamos. Expulsados del orden correcto, vueltos hacia nosotros mismos. En consecuencia, no recordamos ni podemos imaginar cómo son las cosas al ser regidas por la ley divina, por aquella vida y orden que proviene de su espíritu. No podemos ver más allá de la realidad consensuada desde este desorden. Por ello no podemos acceder a contemplar a Dios y a su reino, invisible para nosotros, pero no para el resto de seres inteligentes del universo.


La historia de ese tremendo error cultural que ha alejado al ser humano del Dios de la Biblia termina con Nietzsche, quien vino a poner las cosas en su sitio al volver la mirada hacia la materia como realidad de facto y única, y señalar, correctamente, que el Dios del mundo, el de la tradición teológica y cultural de occidente, había muerto en el entendimiento del filósofo, al tiempo que se distanciaba de las preconcepciones hegelianas negando los absolutos. El nihilismo fue un tiempo de silencio antes del desvelo final, en una historia cultural contemporánea y en una porción de juventud libérrima. Ahora, la lejanía de Dios no se mide desde el erróneo preconcepto dualista, sino en distancias por la Ley no cumplida, y la invisibilidad dentro del cauce que nos marcan los límites del método y del conocimiento científico, instrumentos, en última instancia, del plan de Dios. Por medio de la Fe, Dios está en el corazón cada día. No hace falta, por tanto, exiliar a Dios de la realidad, o nosotros escapar de ella con ideales platónicos.

Espíritu es sencillamente aquello que no es visible, pero no significa que esté ubicado en "otro mundo no físico". Gran parte del espectro de la luz y las ondas electromagnéticas no son visibles al ojo humano, pero no dejan de ser hechos físicos que podemos medir con instrumentos adecuados. Los sentimientos no son visibles pero forman parte de una actividad neuronal que sí podemos registrar. Espíritu, en sentido bíblico, es aquella forma de vida que no podemos ver ni concebir porque vivimos contra la Ley divina que la constituye. La vida que proviene de Dios, implica un reino, gobierno, orden moral y jerárquico en el hombre y en la naturaleza. Un Estado objetivo (Hegel). Schelling dio en la clave cuando dijo que "La naturaleza es el espíritu visible, y el espíritu es la naturaleza invisible". Aquí desaparece el dualismo. Sólo hay Uno, el Espíritu del creador. Dios, en definitiva, es una presencia física en el universo que, a su debido tiempo, será visible para todos los habitantes del planeta Tierra, para los que esperan en la tumba y los que estén vivos en el día de su aparición en la Tierra. Y es Ley, carácter y gobernador. El Rey de reyes.

jueves, 1 de agosto de 2013

La mentira del progreso










Manifiesto contra el progreso. Capítulo XI. Las formas de vida.

por Agustín López Tobajas


"La creencia del hombre moderno de haber llegado a un sistema social más justo y a un orden cultural más elevado que cualquiera que existiera con anterioridad sobre la tierra no tiene más fundamento que sus prejuicios etnocéntricos y su manipulación arbitraria de la historia. Lo único que demuestra el esquema salvajismo-barbarie­-civilización, inventado sobre el rebuznante criterio del desarrollo técnico como medida de la inteligencia, es que nuestra cultura concede más importancia al abrelatas eléctrico que a la Ilíada, actitud que hace superfluo cual­quier comentario. Por primera vez en la historia de la humanidad, hay una civilización lo suficientemente zafia y soez como para reducir la inteligencia a la capacidad de solventar unos problemas que los animales resuelven por instinto.

Se juzga a todas las culturas según los criterios de la propia, como si todos los hombres hubieran tenido siempre la misma percepción del mundo, como si todas las ci­vilizaciones tuvieran la obligación de plantearse nuestras metas espurias y utilizar nuestros métodos megalo­maníacos, y la insensatez propia debiera ser la norma universal. Se identifica a cualquier cultura con detalles incomprendidos de su legislación, sin entender que una civilización es una red dinámica de compensaciones y que las pautas culturales no pueden examinarse aisladamente, sacándolas de su entorno v valorándolas como si de súbito hubieran cobrado existencia en el medio del que las juzga, pues sólo adquieren sentido en su lugar natural, dentro del conjunto que las integra y desde el contenido que les otorgan sus propios fundamentos; lo que no implica un relativismo cultural absoluto, sino la existencia de una pluralidad de interpretaciones diversas de unos mismos principios metaculturales, expresión de una sabiduría universal y perenne, que Occidente, deslumbrado de manera narcisista ante el espejo que refleja su vacío esplendor, no sólo no percibe, sino que pretende sustituir orgullosamente por los suyos.

Un sistema que ha hecho del mundo un mercado, que convierte las catástrofes ecológicas en rutina, que condena a la miseria y a la muerte a gran parte de la población mundial, que periódicamente desencadena guerras por doquier y que todo lo uniformiza según los estúpidos criterios del modo de vida americano no puede seguir mereciendo la consideración de «civilización»: en realidad, no pasa de ser una sofisticada forma de barbarie. Nuestro estilo de vida podrá ser cuantitativamente esplendoroso, pero es cualitativamente bárbaro y despreciable.

La forma de vida refleja y manifiesta de manera precisa en sus múltiples aspectos la irracionalidad inherente a los presupuestos que la inspiran; incluso dejando a un lado guerras y catástrofes, nuestro mismo funcionamiento «normal» parecería el de un asilo de dementes incurables a los ojos de una mente equilibrada, no insensibilizada por la rutina que conforma y deforma imperceptiblemente las conciencias. El absurdo continuado en que se ha instalado la vida del hombre moderno sólo se hace socialmente soportable desde la carosis y el acorchamiento del individuo medio, incapaz del más tenue estre­mecimiento ante la sinrazón de los actos que cotidia­namente realiza.

Se considera lógico, por ejemplo, plantearse el mover una masa de hierro de más de una tonelada para desplazar a una persona que pesa veinte veces menos y que tiene movilidad por sí misma. Y para ello se instauran unos medios de transporte que dejan cada día más muertos en las carreteras que una guerra, que exigen el desplazamiento de millones de toneladas de materias primas, o la instalación de complejos industriales de dimensiones gigantescas: todo eso para poder recorrer cada día el camino que le lleva a uno de su casa al trabajo.

Este colosal trasiego de cosas y personas alcanza el ápice de su insensatez en esa singular actividad llamada «turismo», manía obsesiva que impele a unos despla­zamientos regulares más o menos dificultosos, o hasta angustiosos, aparte de arriesgados, para escapar a la menor oportunidad del lugar en que se vive. Al hecho de atarse a una silla, en una aséptica cámara plastificada, y aparecer pocas horas después en la otra punta del globo se le llama ahora «viajar». Esta obsesión por escapar de la cotidia­neidad e introducir novedades externas en la vida revela algo que el turista no sospecha: que de lo que realmente está hastiado es de sí mismo, molesta compañía que le sigue con fidelidad implacable a donde quiera que vaya. Pero como cambiarse a uno mismo es complicado, se opta en su lugar por cambiar el escenario. Esta voluntad de huir incesantemente de su sombra expresa la ineptitud y el miedo ante la única aventura digna de ser vivida: ahondar en el sentido de la propia existencia.

Como si la medicina la hubiera inventado la modernidad, se la presenta como insignia y evidencia concluyente del progreso. Olvidando que la estadística, ciencia cuantitativa por antonomasia, es una creación del siglo xx, se pretende comparar cifras actuales de duración de la vida con «datos» imaginarios de épocas remotas, suponiendo siempre que el objetivo de la vida es prolongarse y no dotarse de significado. Sea o no cierto que aquellos a quienes aman los dioses mueren pronto, cifrar el sentido de la existencia en su prolongación es como valorar un cuadro por sus dimensiones: expresión pura de los principios imperantes en el reino de la cantidad. Se imaginan superadas oscuras epidemias de tiempos pasados, pretendiendo ignorar las nuevas enfermedades antes inexistentes, las catástrofes «naturales» que se suceden con frecuencia inusitada, el hambre y la miseria generalizadas en vastas áreas del globo o la incontenible difusión de la violencia que esa forma de vida produce. Se ha acabado con la peste, pero para lograrlo se ha generado un sistema que está consiguiendo acabar con el planeta. Como decía Cioran, si antes moríamos por nuestras enfermedades, ahora morimos por nuestros remedios.

La medicalización absoluta de la enfermedad, a la que se supone ciego producto del azar, la expropia de todo significado, y la vida pasa a ser un combate sin sentido, porque perdido de antemano, por su imposible perpe­tuación. Conclusión: la angustia, la depresión y todo tipo de perturbaciones del alma crecen a ritmo acelerado ante una existencia que, ajena a cualquier transcendencia, deviene -cuando no es un divertimento banal y a la larga frustrante- un despropósito monstruoso y cruel que no resulta fácil de ocultar. El hombre antiguo, probado por los dioses, se enfrentaba, llegado el caso, a un destino adverso, y moría, si era preciso, en el empeño. Actualmente, ante la más banal de las contrariedades -o ante la vaga intuición de la vaciedad de la vida en el mundo moder­no-, el hombre actual se deprime, es decir, patologiza su mediocridad como vía para escapar a cualquier respon­sabilidad. La psicologización de la vida individual exime al individuo supuestamente enfermo de toda obligación, abrumado por una realidad que le impide cualquier iniciativa y que lo pone en manos de «profesionales expertos», es decir, de quienes participando de su misma miseria e ignorancia han aprendido la fórmula para ocultársela a sí mismos. Así se inventa al enfermo, así se genera la patología: es la psicologización de la existencia la que crea la enfermedad mental generalizada.

Y como el mundo construido con tan espectaculares progresos en materia sanitaria es rigurosamente insalubre, nos enfrentamos ahora, como reacción inconsciente, y por ello mismo fuera de toda medida, a una paranoica preocupación por el cuerpo y la salud, amén de una ma­niática obsesión, metafísicamente reveladora, por la higiene. Uno se pregunta cómo ha sido posible sobrevivir a un mundo sin fechas de caducidad, sin ducha diaria, sin controles de seguridad, sin chequeos regulares, con barro en las calles y agua del grifo para beber.

Marcados todavía por su herencia histórica, los sistemas educativos vacilan entre los bienintencionados prejuicios de un humanismo laico tan irreal como mutilado y las exigencias técnicas del sistema social que no demanda sino piezas eficazmente integrables en el esquema productivo. Las modernas técnicas pedagógicas con que los progresistas tratan de superar los métodos miopes de los conservadores bienpensantes de hace un siglo, abocan a resultados calamitosos. Se confunde el autoritarismo con el reconocimiento de la autoridad, el aprendizaje rutinario con la facultad de la memoria, se sustituye el esfuerzo por las actividades «lúdicas», la constancia por la «creatividad», la obediencia servil por la legitimación del desorden, y así se consigue que los modernos programas educativos no generen más que indolencia, irrespon­sabilidad y una inepcia generalizada que sería difícilmente superada si se abandonara a cada escolar a su suerte. La escolarización obligatoria y la enseñanza igualitaria son las bases para la democratización de la ignorancia, una similar estulticia puesta por igual al alcance de todos. Los actuales pedagogos, extraviados en el verborreico vaniloquio que generan sus nuevas técnicas de altisonantes nombres para no se sabe qué desarrollos integrales, se olvidan de enseñar que dos y dos son cuatro y que burro se escribe con be. Los métodos que ahora se quieren superar no eran, sin duda, los mejores, pero cuando todavía se suponía que había unos que podían enseñar y otros que tenían que aprender, cuando el respeto por el conocimiento generaba de manera natural la autoridad, cuando el esfuerzo y la exigencia personal eran las claves ineludibles de toda formación, se llegaba, al menos, a la universidad sabiendo leer y escribir.

La estructura familiar como vínculo con la tradición y con la historia, con un tiempo que se perpetúa más allá de la vida individual, posibilitando la integración en el cosmos orgánico del que la persona forma parte, se ha convertido en contingencia negociable en el Estado liberal­-burocrático, una cuadrícula que rellenar entre otras en el impreso de la declaración de la renta. La valoración ególatra de los deseos individuales por encima de cualquier otra circunstancia hace de la familia, célula natural de la vida colectiva, una estructura supuestamente superada, ideológicamente desfasada, que puede disolverse y desintegrarse a voluntad cuantas veces se desee. La dispersión en el espacio y la aceleración de los cambios facilita el desvanecimiento de los vínculos naturales que sitúan al ser humano en su espacio y en su tiempo, y las relaciones humanas se transforman en pactos mercantiles, cuantitativos y transitorios, sustituibles por otros cuando sus intereses caprichosos lo demandan. Las consecuencias: violencia doméstica, hijos desarraigados y viejos arrin­conados como trastos inservibles en residencias-almacenes.

El hogar, microcosmos en que se desarrolla la unidad familiar, locus mediador para la construcción de la persona y su integración en la comunidad, era una imagen del templo en el esquema de vida de los mundos tradicionales, y su cuidado, una función sagrada, actividad demiúrgica cargada de significado y de belleza. Transformadas ahora las casas en «máquinas para vivir», habitualmente celdas a las que se supone funcionales en colmenas que no albergan más que conflictos egoicos entre sexos y generaciones, su cuidado mecanizado, y por ende desprovisto de sentido, es una condena que las mujeres, sin duda, no tienen por qué sufrir más que los hombres, una pesada carga no tanto por su dureza intrínseca cuanto por su pérdida de significado y por su inferior valoración social al no ser una tarea «productiva».

El trabajo ya no es la actividad que permite al ser humano realizar su peculiar forma de ser e integrarse en la comunidad mediante un intercambio de funciones personales dotadas de sentido, sino una actividad extrañante que le fija como pieza indistinta a la maquinaria ciega de la productividad y el consumo. La vocación -concepto que transciende con mucho sus determina­ciones laborales-, es decir, la inclinación natural de cada persona a orientar su vida por unas vías y no otras, queda abolida ante la igualdad por decreto y la movilidad laboral. Puesto que todos somos iguales, todos podemos hacer de todo y la realización de la vocación individual se reemplaza por la especialización anónima e indiferenciada, donde la elección viene determinada, directa o indirectamente, por las imposiciones de la sociedad industrial y no por las legítimas inclinaciones personales. La actual obsesión por la personalización -presente incluso en espacios donde impera la impersonalización absoluta, como la infor­mática- es la mistificación fraudulenta mediante la colocación de un nombre o una máscara vacía que no anuncia, sino que sustituye, al ser real que podría en­contrarse detrás.

La fiesta, que en las comunidades tradicionales es la vía ritualizada para la expresión natural de una alegría compartida, desaparece ante la programación social del mercado del ocio, que impone las vías para la expansión del individuo, siempre desde el imperativo omnipresente del consumo y transformándose, en sus márgenes incon­trolados, en ocasión para la extralimitación salvaje y el exceso autoaniquilador. La felicidad radica en sentir que lo que se hace tiene un significado eterno, pero, incapaz de traspasar el ámbito de lo instantáneo, la mentalidad moderna la degrada en diversión o placer, adulteración especiosa de la alegría que, pasada por el rodillo de la inmediatez, se convierte en valor social y objetivo vital. La frustración que ello produce al individuo da lugar a la búsqueda frenética de una imposible felicidad, alimentada por la insatisfacción que el propio equívoco genera, pues, empecinado en una dirección equivocada, cuanto más la busca, menos la encuentra, conflicto que se aspira a superar haciendo de la sociedad un agregado de zombis más o menos satisfechos con seguridad social y derecho a vacaciones, incapacitados para la felicidad pero que tampoco podrán afligirse por la desaparición de lo que ignoran.

Dos tendencias dominan de forma complementaria los comportamientos sociales del hombre moderno: el individualismo egoico -corrupción de la libertad y la responsabilidad personal- y el gregarismo uniformizante -corrupción de la solidaridad comunitaria-, que se articulan entre sí para generar un egoísmo de masas y un individualismo gregario, equilibrio de la insensatez que se plasma especialmente en mecanismos de cohesión como el fenómeno de la moda, verdadero culto al ídolo de la transitoriedad y la exterioridad, que da a la sociedad el aire de un carnaval perpetuo, patentizando la decadencia de un mundo que exhibe sin inhibiciones la vanidad que hasta hace no mucho tenía, al menos, el pudor y la decencia de ocultar.

Diestra en ejercicios de malabarismo moral, la sociedad actual transmuta el vicio en virtud con la sola condición de que sea pregonado a los cuatro vientos, confunde la desfachatez con la sinceridad, la espontaneidad con la interiorización acrítica de valores prefabricados, condena toda inhibición como axiomáticamente mórbida, ensalza el permiso autoconcedido para la caída en el vacío como actitud liberadora y hace del exhibicionismo de la vileza condición digna de loa y de respeto. Nada de extraño, pues, en que fenómenos de masas, como la moda o los espectáculos deportivos, a los que hasta hace poco se les reconocía implícitamente una cierta intranscendencia, se promuevan al rango de respetable expresión cultural, con el beneplácito, al menos implícito, de buena parte de la intelectualidad; y así un desfile de modelos puede ser un acontecimiento cultural tan importante, si no más, que la representación de una obra de Esquilo o de Shakespeare.

Expresión nítida de la instantaneidad que atomiza las vivencias en el mundo moderno, la relación con los objetos se convierte en asociación pasajera y estrictamente instrumental: todo ahora se fabrica para usar y tirar o -según la pulcra variante ecologista- para usar y reciclar. Atrás quedó el tiempo en que las cosas se transmitían piadosamente como herencia espiritual, cargadas de pa­sado y, por ello mismo, portadoras, a la vez, de un mensaje intemporal: todo se tira y se reemplaza. La legítima identificación con los objetos basada no en la cosificación de las personas, sino en la personalización de unas presencias cargadas de historia y de sentido -en definitiva, de alma-, es una relación que, lejos de alienar, alimentaba la vida espiritual. Pero para ello el objeto exige belleza en su creación, nobleza en su funcionalidad, capacidad de impregnación y tiempo de vida. Nada de eso existe en los materiales sintéticos, ni sobrevive a la fabricación en serie, ni es compatible con las necesidades del mercado, así que la relación con los objetos se reduce a un afán de acumulación cuantitativa y uso funcional, mera sensación de posesión que invierte, con su mecanismo diabólico, la relación entre poseedor y poseído: un continuado flujo de objetos asépticos e impermanentes se apropia subrepti­ciamente de un sujeto esclavizado, obligado a su utilización, que no puede prescindir de los efímeros y demenciales cachivaches y trebejos que su vesania genera.

Los cambios acelerados en la forma de vida, en un medio en el que todo debe ser continuamente renovado, privan al hombre de cualquier cosa estable en la que reconocerse y recordarse a sí mismo: todo en el mundo actual le incita al olvido de sí. Son las acciones elementales de la vida, realizadas en la sencillez natural de sus ritmos pausados y con el esfuerzo que naturalmente implican, las que hacen posible -como condición no suficiente pero sí necesaria- sacralizar la vida, es decir, eternizarla. Y eso es posible porque esas acciones llevan su tiempo, tiempo necesario para que el sujeto adquiera conciencia de sí mismo en el acto de estar presente a su propia existencia, conciencia triturada ahora en el acto mecanizado, refractario por naturaleza al recuerdo y que fragmenta la duración en mera sucesión de instantes discontinuos a los que ningún dios religa.

El progresismo, arrasando los fundamentos culturales y metafísicos de la tradición, ha dinamitado un mundo reduciéndolo a cenizas y pretende ahora fabricar otro a golpe de ciencia y tecnología, de productividad y principios democráticos, ignorando que un mundo no se inventa, pues no es un cacharro sino un ser vivo; lo que su resquebrajada razón puede alumbrar no pasa de ser una hueca fantasmagoría, un golem tecnológico -imagen invertida del ser cósmico de cuyo cuerpo se formó el mundo en las antiguas mitologías-, en cuyo interior no late un alma sino el vacío acumulado por los últimos siglos de la historia humana." 

sábado, 20 de julio de 2013

Robert Graves y El ángel caído


a. En el tercer día de la Creación el principal arcángel de Dios, un querubín llamado Lucifer, hijo de la Aurora ("Helel ben Shahar") se paseaba por Edén entre joyas centelleantes, su cuerpo resplandeciente con cornalinas, esmeraldas, diamantes, berilos, ónice, jaspe, zafiro y carbunclo, todo engarzado en el oro más puro. Pues durante un tiempo Lucifer, a quien Dios había designado Guardián de todas las Naciones, se comportó discretamente, pero pronto el orgullo le hizo perder la cabeza. "Subiré a los cielos —dijo—, en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono, me instalaré en el monte santo, en las profundidades del aquilón. Subiré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo." Dios, observando las ambiciones de Lucifer, lo arrojó de Edén a la Tierra, y de la Tierra al Seol. Lucifer brilló como el relámpago al caer, pero quedó reducido a cenizas; y ahora su espíritu revolotea a ciegas sin cesar por la oscuridad profunda del Abismo sin Fondo.


1. Isaías XIV.12-15;2 Enoc XXIX.4-5; Lucas X.18;2 Cor. XI.14; los Setenta y Vulgata hasta Isaías XIV.12-17; Targum Job XXVIII.7.


1.En Isaías XIV.12-15 se compara la caída preordenada del rey de Babilonia con la de Helel ben Shahar:


¿Cómo caíste del cielo,
lucero brillante, hijo de la aurora?
¿Echado por tierra
el dominador de las naciones?
Tú, que decías en tu corazón:
Subiré a los cielos; en lo alto,
sobre las estrellas de El,
elevaré mi trono;
me instalaré en el monte santo,
en las profundidades del aquilón.
Subiré sobre la cumbre de las nubes
y seré igual al Altísimo.
Pues bien, al sepulcro has bajado,
a las profundidades del abismo.


Esta breve referencia indica que el mito era lo bastante conocido para que no fuera necesario relatarlo por completo, pues Isaías omite todos los detalles del castigo del arcángel por Dios (llamado aquí Ehyon, "el Altísimo' 5 ) , quien no admitía rivales en su gloria. Ezequiel (XXVIIL11-19) es más explícito cuando hace una profecía análoga contra el rey de Tiro, aunque omite el nombre de Lucifer:

Fueme dirigida la palabra de Yahvéh diciendo:

Hijo de hombre, canta una elegía al príncipe de Tiro y dile: Así habla el Señor, Yahvéh: Eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios, vestido de todas las preciosidades. El rubí, el topacio, el diamante, el crisólito, el ónice, el berilo, el zafiro, el carbunclo, la esmeralda y el oro le cubrían; llenaste tus tesoros y tus almacenes.


El día en que fuiste creado te pusieron junto al querube colocado en el monte de Dios, y andabas en medio de los hijos de Dios.

Fuiste perfecto en tu camino desde que fuiste creado hasta el día en que fue hallada en ti la iniquidad.

Por la muchedumbre de tus contrataciones se llenaron tus estancias de violencia; y pecaste, y le arrojé del monte santo y te eché de entre los hijos de Dios; el querube protector te hizo perecer.


Ensoberbecióse tu corazón de tu hermosura y se corrompió tu sabiduría, y a pesar de tu esplendor, por tus muchos y grandes delitos, yo te, eché por tierra; yo te doy en espectáculo a los reyes, por la muchedumbre de tus iniquidades. Por la injusticia de tu comercio profanaste tus santuarios; y yo haré salir de en medio de ti un fuego devorador, y te reduciré a cenizas en medio de la tierra, a los ojos de cuantos te miran, Todos cuantos de entre los pueblos te conocen se asombrarán de ti. Serás el espanto de todos y dejarás de existir para siempre.


2. Helel ben Shahar era originalmente el planeta Venus, el último astro orgulloso que desafía al sol naciente: una simple alegoría hebrea que, no obstantese ha combinado con el mito de la caída de Faetón, que murió quemado cuando presuntuosamente condujo el carro del sol de su padre Helios, Aunque el mito es griego, parece haber tenido su origen en Babilonia, donde, cada año, un carro del sol sin conductor que simbolizaba la transmisión de la corona —durante la cual un muchacho sustituto ocupaba el trono real durante un solo día— recorría las calles de la ciudad. El sustituto, un favorito de la diosa Ishtar (que regía el planeta Venus) era sacrificado luego. Isaías parece profetizar, por consiguiente que el rey debe sufrir la misma muerte que su sustituto. En el mito griego, Faetón, hijo de Apolo, se identifica con un homónimo, Faetón, hijo de Eos ("Aurora"); según Hesíodo, la diosa Afrodita (Ishtar) se lo llevó para que guardase su templo. El rey de Tiro de Ezequiel adoraba a Ishlar y observaba cómo quemaban vivos a los niños como sustitutos del dios Melkart ("Gobernador de la Ciudad").


3.Aunque Job XXXVIIL7 describe a los "astros matutinos" cantando al unísono, el nombre "Helel" no aparece en ninguna otra parte de la Escritura; pero el padre de Helel, Shahar ("Aurora") aparece en el Salmo CXXXIX.9 como una divinidad alada. La mitología ugarítica hace a Shahar o Baal hijo de El, hermano mellizo de Shalem ("Perfecto"), La Montaña del Norte ("Saphon") que Helel aspiraba a ascender, puede identificarse con Yafón, Monte de Dios, en el cual, según el mito ugarítico, se hallaba el trono de Baal. Cuando Mot mató a Baal, su hermana Anat lo enterró allí. Safón o Zafón, la montaña de 5800 pies de altura — llamada ahora Jebel Akra— donde el dios-Toro El de los semitas del norte gobernaba "en medio de su divina asamblea", se alza en las cercanías de la desembocadura del Orontes. Los hititas lo llamaban monte Hazzi y decían que era el lugar desde donde Teshub, el dios de la Tormenta, su hermano Tashmishu y su hermana Ishtar vieron al terrible gigante de piedra (el "hombre de diorita" como traducen algunos eruditos) Ullikummi, quien proyectaba su destrucción; lo atacaron y finalmente lo vencieron. Los griegos lo llamaban monte Casio, morada del monstruo Tifón y de la monstruo Delfina, quienes juntos desarmaron a Zeus, Rey del Cielo, y lo tuvieron prisionero en la caverna coriciana hasta que el dios Pan dominó a Tifón con un gran grito y Hermes, dios de la Astucia, liberó a Zeus. Al Orontes se lo ha llamado "Tifón". Safón era famoso por los destructores vientos del norte que soplaban desde él sobre Siria y Palestina, Todos estos mitos se refieren a conspiraciones contra una divinidad poderosa; sólo en el mito hebreo no se menciona la derrota inicial de Dios.


4. Lucifer es identificado en el Nuevo Testamento con Satán (Lucas X.18; 2 Corintios XI.14) y en las Targum con Samael (Targ. ad Job XXVIIL7).



Robert Graves y Raphael Patai
Los mitos hebreos

jueves, 18 de julio de 2013

¿Origen de la espiritualidad ignaciana?

LA ILUSTRACIÓN DEL CARDONER
Autobiografía
S. Ignacio de Loyola
Según la versión recogida por el
P. Luis Gonçalves da Camara
1553 - 1555


30. 5°. Una vez iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama sant Pablo, y el camino va junto al río – río Cardoner -; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la ca-ra hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino enten-diendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de co-sas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecí-an todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que enten-dió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parescía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes.

31. Y después que esto duró un buen rato, se fue a hincar de rodillas a una cruz, que estaba allí cerca, a dar gracias a Dios, y allí le apareció aquella visión que muchas veces le aparecía y nunca la había conocido, es a saber, aquella cosa que arriba se dijo, que le parecía muy hermosa, con muchos ojos. Mas bien vió, estando delante de la cruz, que no tenía aquella cosa tan hermosa color como solía; y tuvo un muy claro conoscimiento, con grande asenso de la voluntad, que aquel era el demonio; y así después muchas veces por mu-cho tiempo le solía aparecer, y él a modo de menosprecio lo desechaba con un bordón que solía traer en la mano.
Comentario
4.2 la ilustración del Cardoner (Autob., n.30).
Carlos Vásquez S.I.
Claves ignacianas para la lectura
de la Autobiografía
Hemos hablado varias veces de ella. Pero es imprescindible ubicarla ahora de-ntro de las gracias místicas especialísimas que recibió Ignacio. Conocemos su in-flujo en su vida espiritual, en la fundación de la Compañía de Jesús, en la elabo-ración de los Ejercicios Espirituales, en su visión del mundo, de la vida y, en ge-neral, de ver todas las cosas. Como hemos mencionado antes, todo le parecía nuevo, “como si fuese otro hombre”.
Se ha llamado en la Compañía a esta gracia especial como la “eximia ilustración del Cardoner” y el santo le atribuyó un influjo definitivo durante toda su vida. El P. González de Cámara nos cuenta que Ignacio, al responderle a preguntas que le había planteado sobre unos puntos de las Constituciones le dijo: “a estas cosas todas se responderá con un negocio que pasó por mí en Manresa” (FN., I, 610).
La ilustración del Cardoner, en efecto, abarca toda la amplitud de la realidad: “las cosas de la vida espiritual”, es decir, los movimientos del Espíritu en nuestra vida; “las cosas de la fe”, es decir, las verdades reveladas en su armónica rela-ción; “las cosas de las letras”, o sea, todo lo que constituye el objeto del cono-cimiento natural, tanto los objetos particulares como su conjunto… una visión sintética y orgánica.
Los grandes comentaristas de la Compañía sobre el tema de la ilustración del Cardoner afirman, en conjunto dos cosas:
Que fue una ilustración eximia del entendimiento. Esta ilustración le dio un vi-sión sintética y orgánica de muchas cosas de su vida.
Que la lección recibida fundamental fue la de poseer la plena capacidad del dis-cernimiento espiritual. Polanco decía que “esta gracia le permitía penetrar con unos nuevos ojos del espíritu todas las cosas divinas y humanas” (FN., II, 256).
Que esa mirada nueva y totalizante que recibe Ignacio constituye uno de los ras-gos distintivos de la espiritualidad Ignaciana.
Que a la luz de todo lo anterior podemos comprender cuál es el fundamento de la tradición que sitúa el origen de los Ejercicios y de la Compañía de Jesús en la ilustración del Cardoner. Comenta el P.Rambla que “con un don tan precioso de discernimiento, dispone Iñigo de un instrumento para interpretar la rica expe-riencia propia e irla convirtiendo en el método de búsqueda evangélica que son los Ejercicios. Así puede afirmarse que los Ejercicios proceden substancialmente de la experiencia del Cardoner. Por lo que se refiere a la Compañía transcurrirán muchos años e Iñigo no sabrá del todo adónde quiere conducirle Dios con aque-lla nueva visión… pero la luz del Cardoner fue el foco con el que se desvanecie-ron tantas oscuridades hasta el momento de ver con claridad la fundación de la Compañía de Jesús” .
Los autores de la vida mística anotan que estas ilustraciones intelectuales son fenómenos espirituales que acompañan con frecuencia y de diversas maneras a aquellos que ya están en la contemplación. Las sustanciales, como la del Cardo-ner en Ignacio, consisten en la repentina infusión de una idea mental simplicísi-ma, tan fecunda y luminosa como compendiosa en que el alma descubre a veces toda una larga serie de misterios tan superiores al alcance humano, que ni si-quiera después de conocerlos encuentra las más de las veces ninguna suerte de palabra o símbolos con que expresarlos o representarlos .
San Juan de la Cruz afirma que son de un valor inapreciable y que en ellas no cabe el menor engaño. El efecto que producen no es variable o pasajero, ni me-nos incierto o inconstante. Son seguras y eficaces y nunca se borran de la memo-ria. Se realizan inmediatamente y el alma siente plena conciencia de la luz y energía que con ellas recibe para cumplirlas.
Fuente:http://www.archivocalasanz.com/2008/12/28/ejercicios-espirituales-texto-autografo-s-ignacio-de-loyola-cardoner/

miércoles, 10 de julio de 2013

Conspiradores




Durante un largo período de tiempo todo cuanto pude averiguar sobre el libro prohibido más popular y oficialmente desprestigiado que existe se parecía a una jaula de grillos. Veamos los hallazgos de forma coherente. Para empezar, es menester prestar la máxima atención a este breve párrafo, penúltimo del acta número dieciséis de Los protocolos de los sabios de Sion:


"El sistema de represión del pensamiento está ya en vigor, por el sistema llamado de enseñanza por imágenes, que transforma a los cristianos en animales dóciles que no discurren, y que esperan la representación de las cosas por imágenes para comprenderlas."

En palabras profanas y más acordes con la actualidad, en vez de "represión del pensamiento" hablemos de control mediático, mercadotecnia o psicología social. ¿Cómo crear los afectos, objetos, pasiones, apegos y necesidades de la gran masa de población?. Pues mediante la difusión de un imaginario. Así se crean los deseos y los modelos de conducta o de pensamiento a imitar. Dicho imaginario es generado en nuestra mente a través, principalmente, de los medios audiovisuales, sin menospreciar la demagogia empleada en prensa escrita y la que utilizan los partidos políticos y demás instituciones que persiguen acumular votos o crear corrientes de opinión que sean favorables a ciertos intereses. Hecho este inciso, haré un poco de historia sobre el libelo en cuestión. Parte de su origen lo encontramos en un ensayo escrito por Maurice Joly, el cual lleva por título Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Norman Cohn lo explica con detalle en su libro titulado Warrant for Genocide. The Myth of the Jewish World Conspiracy and the Protocols of the Elders of Zion, muy recomendable para el lector curioso, pero ahora y aquí basta con saber que aproximadamente la mitad del contenido de los "protocolos de Sion" es un plagio del libro de Joly. Los "protocolos" fueron escritos en Europa (las primeras ediciones salieron en Rusia) y son fruto del antisemitismo imperante desde finales del siglo XIX y primera mitad del XX. Si el ensayo de Maurice Joly contiene una defensa del liberalismo, los redactores de los protocolos, integrados en círculos de la Intelligentsia al servicio de los ultraconservadores, elaboraron una suerte de contraargumentación de ese contenido dando la apariencia de que los cambios sociopolíticos en el mundo moderno son el resultado de una malvada conspiración judeomasónica que persigue el dominio mundial. Con todo, lo cierto es que en muchas de sus páginas hallamos la descripción de métodos de ingeniería social y financiera. Adolf Hitler estaba obsesionado con ese libro, le fascinaba el plan de dominación mundial allí descrito, y ansiaba destruir al sionismo y demás competidores en la lucha por el control global. Nunca debemos perder de vista que la segunda guerra mundial fue una lucha entre facciones dispuestas a desplegar todo el saber acumulado a lo largo de cuatro siglos con el fin de establecer un poder hegemónico respaldado en el mayor potencial tecnológico y humanístico que ha existido al menos en los últimos seis milenios de Historia de la civilización. Concluida la guerra en 1945, pierde Alemania, perdió Hitler y perdieron (¿?) las camarillas de eruditos teutones que marcaban los movimientos de Hitler. Ganó la corporocracia occidental y anglosajona, la cual hoy en día rige los asuntos del mundo globalizado. En conclusión, los "protocolos de Sion" son efectivamente una obra ficticia, aunque esconde un plan de dominación ansiado por las distintas élites, donde la ingeniería social se revela como el mayor poder conocido en todas las épocas. Los defensores de la veracidad de cuanto allí está escrito suelen argumentar basados en las similitudes existentes entre el funcionamiento económico y social del mundo actual y el programa de actas que forman los protocolos. Los protocolos surgieron en un contexto histórico específico que guarda muchas semejanzas con el presente. Por otro lado, la capacidad visionaria de Maurice Joly inspiró a los plagiadores de forma que parecían adelantarse a los tremendos cambios sociales y a las guerras fraticidas del siglo XX. Pero, como ya apunté, otras partes del libelo describen métodos de control social que no tienen nada que ver con la obra de Joly y que sólo pueden tener su origen en los laboratorios de ingeniería social, la tecnología más discreta y subliminal del mundo moderno, en parte heredera de los programas iconográficos elaborados por la Iglesia católica y que perduran en los templos románicos y góticos. Fue a raíz de los “ejercicios espirituales” de Ignacio de Loyola que la orden jesuita, desde el siglo XVI y sobre todo en la escultura devocional y el teatro barroco del XVII, empezó a utilizar la imagen y los símbolos como método de educación y adoctrinamiento en Europa. La idea básica de esa ingeniería consiste en provocar una exaltación de los sentidos y la consecuente fascinación inducida en las mentes de forma visceral. La idea de conspiración, por otra parte, surge de una mala comprensión de los resortes del poder y de sus agentes fácticos, incluso del funcionamiento de la democracia. El voto del ciudadano puede ser relativamente efectivo a escala local, en el municipio. Los grandes partidos nacionales venden programas establecidos desde instancias superiores, las de la corporocracia. Los pueblos no hacen la Historia, sino las élites, cuyo poder proviene del mismo devenir de la historia que les ha sido favorable cuando han sabido aprovechar las coyunturas y los recursos disponibles. Los ciudadanos, el pueblo, son un arma arrojadiza en manos de las distintas élites del poder. En definitiva, los "protocolos de Sión" son una ficción utilizada para culpabilizar a un colectivo, los judíos, ante la perspectiva de crear una sociedad global desde las nuevas tecnologías humanísticas posibilitadas por la conjunción entre tecnología informática y la sociología. Sus principales agentes operan desde la discreción y, por tanto, necesitan un chivo expiatorio. Quedémonos, para concluir, con la realidad de ese poder ubicuo y transnacional al que llamamos “corporocracia occidental”.

- Adjunto un artículo de actualidad que muestra la relación de los nuevos dirigentes de Grecia e Italia con las camarillas de la corporocracia: La Comisión Trilateral, el think thank que une a Mario Monti y Lucas Papademos